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La
guerra de hoy
13 de septiembre de 2001
Por Eduardo Haro Tecglen*
Perdón,
pero esto no es terrorismo, ni se puede mirar con el provincianismo de José
María Aznar [presidente de España] y su consigna de que todo
terrorismo es igual. Éste es un episodio singular de una guerra -claro
que toda guerra es terrorista e inhumana: pero el vocabulario tiene su importancia-
que se recrudece desde la caída del muro de Berlín, y es la
guerra del Tercer Mundo, con doctrina económica y política
en lo que se llama globalización y probablemente no ocurra otro parecido
nunca más.
Primero, por la reacción de defensa de quienes se creían invulnerables.
Segundo, porque el enemigo no tendrá capacidad para repetirlo. No
es fácil encontrar cinco pilotos de Boeing, acompañados por
los soldados santos suficientes para efectuar el secuestro, decididos a
morir. Tengo la sensación de que no llegaban de fuera, sino que estaban
adiestrados en EEUU. La guerra del Tercer Mundo es una guerra de contención
de la miseria: la del Golfo, los bombardeos sobre Irak, los de Belgrado,
la utilización de Israel, forman parte de la que ha bombardeado Nueva
York y Washington.
Somos vulnerables: nuestras sociedades, nuestras aglomeraciones urbanas,
nuestras técnicas refinadas, nuestra creación cada vez más
delicada de material ligero y nuestras finas redes nerviosas por cable y
satélite son terriblemente frágiles, y se vio el martes por
primera vez. No es que nada sea nuevo: los camicaces salían de una
civilización elegante, nuestras bombas atómicas sobre Japón
salieron de nuestros mejores sabios, Pearl Harbour fue ya Nueva York y cultura
exquisita, filosófica y artista, de Alemania. Ganar aquella guerra,
ganar la de la URSS, eliminar el comunismo, nos hizo creer (el plural no
me representa, sino que me incluye en esta parte del mundo y en esta vulnerabilidad,
todos somos neoyorquinos y me da miedo ser civil) que la historia había
terminado. Toda la soberbia de esa idea salió de quienes perdieron
contra el inerme Vietnam y se les olvidó.
Esta guerra de ahora es también de nuestra civilización: contra
los civiles, contra los inermes. La relación de las bajas de ese
ejército -quizá quince o veinte personas- con las nuestras
-żdiez mil?- son económicamente rentables. La cuestión está
en que la histeria, el lenguaje de los duros, se acabe pronto y empiece
el del pensamiento. No será fácil. Nunca una guerra ha contado
con el pensamiento: lo ha eliminado antes o mientras.
*Es columnista de
El País.
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