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| Respondiendo
a los manifestantes anti-globalización Por Martin WolfLo que pienso de "antiglobalización.com" es que se ha convertido en la industria de servicios por internet más exitosa del mundo. Pareciera que alguien sabe como utilizar el internet. La pregunta que se plantean los gobiernos es cómo responder de mejor forma a los manifestantes. Controlar la violencia es una obligación; pero no es suficiente.En un reciente comentario editorial (FT, 20 de agosto de 2001), Felix Rohatyn, banquero de inversiones y ex embajador de Estados Unidos en Francia, sugirió una nueva conferencia Bretton Woods para incluir a "representantes del mundo en vías de desarrollo y del mundo industrializado; ésta también incluiría a representantes de organizaciones no-gubernamentales y líderes del sector privado". A mí, tal conferencia me parece sádica. Reunir a cientos de tales personas en un gran hotel con instrucciones de "determinar los hechos tras las afirmaciones de los manifestantes anti-globalización" y "recomendar políticas para abordar los temas más conflictivos" sería motivo de gran diversión para las personas y organizaciones externas. Sería como mirar escorpiones en una botella. Es erróneo pensar que los manifestantes puedan llegar a un acuerdo aún entre ellos mismos. Existen fuertes tensiones entre trabajadores organizados y organizaciones no-gubernamentales haciendo campañas; entre gente que quiere proteger la autonomía nacional y quienes quieren sobreseerla; entre quienes quieren salvar el medioambiente y aquellos cuya principal meta es el desarrollo; entre quienes quieren proteger los estilos de vida tradicionales y quienes quieren alterarlos; y, por supuesto, entre quienes quieren una reforma y aquellos que pretenden una transformación revolucionaria. Algunos manifestantes persiguen sus propios intereses; otros son idealistas. Su punto en común es su único enemigo: el capitalismo liberal o "globalización corporativa". Resulta que el colapso del comunismo dejó a la utópica izquierda libre para soñar, libre de la carga de la "existencia real del socialismo"; pero también creó un ánimo de euforia entre los simpatizantes del libre mercado. Tan sólo por esta razón, las protestas son valiosas. Las ortodoxias reinantes deben ser cuestionadas. Aquellos a cargo de las economías de mercado líderes en el mundo tienen la obligación de responder. Yo sugiero ocho prioridades. Primero, los líderes deben reconocer y reaccionar a las fuentes de las inquietudes actuales. A algunos manifestantes les preocupan las inminentes catástrofes medioambientales; otros lamentan el predominio de la pobreza extrema. Ninguno de estos problemas ha sido creado por la globalización económica. Sin embargo, quienes toman las decisiones deben explicar por qué este es el caso e igualmente importante, cómo pretenden calmar estas dos ansiedades. Segundo, los países ricos deben admitir que no han ayudado a grandes porciones del mundo, especialmente a África, a encaminarse hacia un crecimiento sostenido. Ciertamente, ninguna institución puede imponer éxito desde fuera; pero podría empezarse por condonar la deuda oficial, eso sí, sólo para aquellos países con desempeño comprobado. Además, debe haber programas más amplios de investigación de enfermedades tropicales y agricultura – y transferencias de recursos para desarrollo humano; especialmente para educación y salud básicas. La ayuda en forma de donación debe ser parte de cualquier nuevo paquete. Tercero, los líderes deben reconocer que algunos aspectos del proceso económico global no han funcionado bien. Esto es cierto en particular con respecto a los mercados financieros. El impuesto Tobin sobre transacciones financieras no puede ser implementado. No haría ninguna diferencia útil aún si pudiera. No obstante, la liberación del mercado financiero debe hacerse con mucho cuidado. Y lo que es más importante, tiene que haber un procedimiento para tratar las cargas inmanejables de la deuda. Los países altamente endeudados no deberían andar a tropiezos, como zombis, durante años. Cuarto, los países deberían, en su mayoría, poder decidir ellos mismos sus prioridades y políticas; aún si el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, o al mismo tiempo, Greenpeace y Oxfam lo desaprueban. Las condicionantes impuestas casi siempre fracasan. Las agencias externas simplemente deberían tener la libertad de no apoyar lo que consideran impráctico o inmoral. Debería preferirse la zanahoria a la política a palos: si los países ricos quieren que los niños en los países pobres asistan a la escuela, deberían estar preparados a pagar por la escolaridad y compensar por la privación de ingresos. Quinto, los países avanzados deben por fin actuar de acuerdo a los principios que ellos mismos han manifestado. La liberalización de las importaciones de textiles y de la industria de la confección fue un compromiso de la Ronda de Uruguay sobre negociaciones de comercio multilateral. Hasta el momento, prácticamente no ha pasado nada. El comercio agrícola sigue siendo fuertemente distorsionado por barreras comerciales irracionales. Es esencial llegar a un acuerdo sobre una agenda de liberalización para una nueva ronda de negociaciones de comercio multilateral en la próxima reunión ministerial en Doha, Qatar. Sexto, las ONGs tienen razón en quejarse de la excesiva intrusión de pequeños intereses corporativos en el desarrollo de políticas. Por supuesto, también puede plantearse la misma queja sobre la intrusión de las mismas ONGs; pero por naturaleza, la gente sospecha de cualquier proceso en el cual parecen dominar intereses particulares. Por esta razón, la inclusión de la llamada propiedad intelectual relacionada con el comercio en la Organización Mundial del Comercio fue un grave error político. Un ejemplo que no debe repetirse. Séptimo, la legitimidad de las decisiones impuestas por los países de altos ingresos es cuestionable. No existe una democracia global. Sin embargo, los líderes del Grupo de los Siete deberían reunirse regularmente con los líderes de los países en vías de desarrollo más grandes para formar un consenso sobre las reformas necesarias. Octavo y más importante, los líderes deberían de darse cuenta que nunca van a satisfacer a los manifestantes. Los políticos electos democráticamente son responsables ante los electores, no ante las calles. Los manifestantes tienen derecho a plantear preguntas. No se les puede permitir que impongan respuestas equivocadas. http://www.ft.com |